Donde castañas se asaron, cenizas quedaron.
De la esperanza vive el cautivo.
A beber me atrevo, porque a nadie debo y de lo mío bebo.
Si tu dicha callaras, tu vecino no te envidiara.
Cuando de cada ocho marineros siete son timoneles, el navío termina yéndose a pique.
Una gran ciudad es un gran desierto.
Hasta meter, prometer; y después de metido, se acabó lo prometido.
Casa que cierra sus portones casa que se llena de ratones.
Con el engañador, se tú mentidor.
Dichosos aquellos cuyos errores cubre la tierra.
La mala moza, a porrazos hace las cosas.
Estas son de mi rodada.
De la corriente mansa me libre Dios, que de las aguas bravas me libro yo.
Las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos.
La reflexión consigue tantas victorias como la precipitación consigue derrotas.
El que se casa con una mujer guapa, hasta los cuarenta años el miedo no se le escapa.
Cuando los solteros se divierten en el cielo, truena.
Vida que es una mierda poco importa que se pierda.
Un yerro, padre es de ciento.
A la fuerza, ni la comida es buena.
Con la muerte todo se acaba.
Chocolate que no tiñe, claro está
La abeja, unas flores escoge y otras deja.
A quien no quiere caldo, tres tazas y la última rebosando.
Hombre de espíritu enclenque, donde nace allí muere.
El yerro del médico, la tierra lo tapa; el del letrado, el dinero lo sana; el del teólogo, el fuego lo apaga.
Dios te guarde de tahonero novel y de puta de burdel.
Al bueno buscarás y del malo te apartarás.
A gran culpa, suave comprensión.
Llagas viejas, tarde sanan.
El dinero no compra la felicidad.
La mariposa nocturna se precipita al fuego.
El hombre honra al amigo con afecto, responde a regalo con regalo. A risa responde con risa y al truco con trampa.
El vino es un traidor: primero es amigo y después, enemigo.
Entre la santa y el santo, paredes de cal y canto.
Los verdaderos amigos son tan raros como las moscas blancas
La felicidad no reside en las cosas sino en el hombre
Mándame las flores cuando aún pueda olerlas.
Con el tiempo que pasa se conoce el corazón del hombre.
El puente solo se repara cuando alguien se cae al agua.
Del avaro un solo bien se espera: que se muera.
Los rincones para los gatos, y las esquinas para los guapos.
Cojo, y no de espina, no hay ruindad que no imagina.
No paga los platos rotos, pero arma los alborotos.
Fía poco, del que tiene horror al mosto.
Lagrimas con pan, pronto se secarán.
La muerte a nadie perdona.
Año de brevas, nunca lo veas.
Allí perdió la dueña su honor, donde habló mal y oyó peor.
El que quiera engañar a un campesino, tendrá que llevar a otro campesino en su compañía.