Amor, tos y humo no se pueden esconder
O todos moros o todos cristianos.
La hora más obscura es justo antes del amanecer.
Da órdenes, no hagas más y nadie se moverá.
No coloques el puchero en el fuego si el ciervo aún corre en el bosque
Quien no se arriesga no conquista
La verdad sale en boca de los niños.
Escarmentar en cabeza ajena, doctrina buena.
A días claros, oscuros nublados.
Quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.
Jarrito nuevo, ¿dónde te pondré?
Del santo me espanto, del pillo, no tanto.
No te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás, y a un tonto por ningún lado.
Los mejores negocios se hacen entre susurros.
Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
No puede impedirse el viento. Pero pueden construirse molinos.
Más vale ser pobre que estar enterrado.
Enero desaloja las camas
El ceremonial es el humo de la amistad
Oigo y olvido; veo y recuerdo. Hago y comprendo.
Quien de joven come sardinas, de viejo caga las espinas.
La mujer buena, de la casa vacía hace llena.
Para quien roba un reino, la gloria; para quien roba un burro, la horca.
A gusto de los cocineros comen los frailes.
Felicidad de hoy, dolor de mañana
Lo que se dá no se quita porque el diablo te visita.
Por Santa Cecilia, la nieve en cualquier cima.
El amor destierra la vergüenza.
Más peligroso que mono con navaja.
No desprecies el consejo de los sabios y los viejos.
Si quieres hacer reír a Dios, ¡Cuentale tus planes!.
El que quiera engañar a un campesino, tendrá que llevar a otro campesino en su compañía.
El buen vino añejo hace al hombre niño y remoza al viejo.
Tras de corneados ? Apaleados.
Lo prometido es deuda.
Por los Santos, la nieve en los campos.
Guarda los pensamientos de la noche para la mañana
Cuando pobre, franco; cuando rico, avaro.
Otoñada segura, San Francisco la procura.
Mucha agua en la otoñada, poco trigo y menos cebada.
Clérigos y cuervos, huélganse con los muertos.
Mejor es deuda vieja que pecado nuevo.
Se defiende como gato panza arriba.
Los amantes que se pelean, se adoran
Emborrachar la perdíz
Juan Segura vivió mucho años
De las aguas mansas, líbrame Dios mío.
A la hora mala no ladran los perros
Tanto fue el cántaro a la fuente hasta que por fin se rompió.
Quien no sabe, no vale nada.