Arco iris al amanecer, agua antes del anochecer.
A mono viejo no se le hace morisqueta.
Acuérdate, nuera, de que también serás suegra.
Un muerto hablando de un ahorcao.
Un hombre enamorado ha nacido por segunda vez
Otoño entrante, barriga tirante.
El amor devuelve a los viejos sabios a la infancia
Esta lloviendo sobremojado
El primer amor se parece a las primeras nieves; raramente perdura
De refranes y cantares, tiene el pueblo mil millares.
Fraile que pide por Dios, pide para dos.
Cásate por la dote, y de tu mujer serás un monigote.
Hombre refranero, maricón o pilonero.
A otra cosa mariposa.
Hay ojos que de legañas se enamoran.
Favor con favor se paga
Lo pasado, pisado.
Vence en la mocedad los días buenos, y para la vejez quedan los duelos.
No hay como la casa de uno
Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender.
El amor es como el agua que no se seca.
Ya saliste con el chancho al hombro.
El comedido sale jodido.
La luna y el amor, cuando no crecen, disminuyen.
Casa al hijo cuando quisieres y la hija cuando pudieres.
Agua de sierra, y sombra de piedra.
Quedar como novia de pueblo (vestida y alborotada).
Cuando comienzan las uvas a madurar, comienzan las mozas a bailar.
En diciembre, hielos y nieves, si quieres buen año al que viene.
Cartas cantan.
Ni rosas sin espinas, ni amor sin celos.
Más vale una mala boda que un buen entierro.
A buen entendedor, pocas palabras bastan.
Refranes de los abuelos, breve evangelio.
Hombre refranero, hombre de poco dinero.
Ser el último orejón del tarro.
La amistad y el amor, dos bellas mentiras son.
Cada día tiene su refrán y su afán.
La dicha de la fea, la hermosa la desea.
Vecina de portal, gallina de corral.
Bueno, si breve, bueno dos veces.
El amor deja ver las rosas y no las espinas
La persona que es curiosa tiene un refrán para cada cosa.
A días claros, oscuros nublados.
Cuando el ama no está en casa, las ollas están sin asa.
Las cartas que una mujer desea recibir de un hombre son aquellas que él no debería escribir jamás.
Las fiestas en donde estés, la Navidad en casa.
Cada poema un silbido, como los que el viejo aquel de mi bloque, lanzaba cada mañana en cuanto ponía un pie en la calle, por si el perro que había perdido hacía veinte años, andaba por los alrededores.
Nieve en Febrero, hasta la siega el tempero.
Quien calla otorga