Quien con muchachos se acuesta, cagado amanece.
Zurcir y remendar y mejores tiempos esperar; y si no vinieren, será lo que Dios quisiere.
Qué inflama rápidamente,se extingue pronto.
Inflama más la comida que las musas
Más logran las lágrimas que las palabras.
Cuando escribas alguna carta, leéla despacio antes de enviarla.
Cuidado, que el diablo es puerco.
Si la montaña no va Mahoma, Mahoma va a la montaña.
Duerme, Juan, y yace, que tu asno pace.
Tú que querías y yo que tenía ganas, sucedió lo que el diablo deseaba.
Dios nos da las manos pero no construye los puentes
Cómo será la laguna, que el chancho la cruza al trote.
Recorre a menudo la senda que lleva al huerto de tu amigo, no sea que la maleza te impida ver el camino.
Rabo por rabo, más vale ir al propio que al extraño.
Más quiero cardos en paz, que no salsa de agraz.
El viento que el marinero quiere no sopla siempre.
Agua y sol, tiempo de requesón.
El que no chilla, no mama.
El saber no ocupa lugar.
Las palabras de oro van a menudo seguidas de actos de plomo.
Siéntate, si así quieres, sobre el corazón de un león, pero nunca sobre el de un hombre.
Un secreto bien guardé; aciértalo tú, que yo lo diré.
Dos compadres con una botella, dan la mejor sentencia.
Garganta de aduladores, sepulcro abierto
Cuando de los cincuenta pases, no te cases.
Más peligroso que chocolate crudo.
Para quien no sabe a dónde quiere ir, todos los caminos sirven.
Zapatero amigo, las suelas quemadas y el hilo podrido.
Ir por leña y volver caliente, le ocurre a alguna gente.
Vino y mujer, te ponen al revés.
Al fraile mesurado, mírale de lejos y háblale de lado.
Jugando, jugando, se dicen agrias verdades de cuando en cuando.
Para lo malo, de peña; para lo bueno, de cera.
Las palabras ásperas hieren más de una flecha envenenada.
Nunca se olvidan las lecciones aprendidas en el dolor.
Ni en burlas ni en veras, pidas al melonar peras.
Los buenos consejos llegan hasta el corazón del sabio y se detienen en los oídos del malvado
No hables si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio.
Al hombre ocupado le tienta un solo diablo; al ocioso una legión.
Una mentira bien echada, vale mucho y no cuesta nada.
Oír, ver y callar, para con nadie tropezar.
La que no tiene marido en siesta, sola se acuesta.
Es costumbre de villanos tirar la piedra y esconder la mano.
El pan ya comido enseguida se olvida.
La nieve no rompe las ramas del sauce.
Un huésped constante nunca es bienvenido.
A quien en alabar lo bueno se queda corto, mírale el rostro.
El hombre no sabe para quien trabaja, y la mujer para quien lo tiene.
Amor y dinero nunca fueros compañeros.
Cuando las mujeres hablan, el mundo calla.