A juventud ociosa, vejez trabajosa.
Aprieta el pan que se te cae la magra.
El pepino en el gazpacho, y los negocios en el despacho.
La sugestión obra.
Parientes pobres y trastos viejos, pocos y lejos.
Amigo tarambana, el que lo pierde, gana.
De buenas intenciones, está empedrado el infierno.
Fuera de su convento no está el fraile en su elemento.
Cabra en un sembrado, peor que un nublado.
Hay confianzas que dan asco.
El juez infiel impide que la balanza esté en su fiel.
Torreznos sin vino, como olla sin tocino.
No hay peor tiempo que aquel que viene a destiempo.
No te fíes de las nieblas, ni de las promesas de suegra.
No cogíamos en el fuego, y parió la abuela.
No te fíes de la fortuna, mira que es como la luna.
Gran constipado, culo apretado.
Camino robado, al otro día, sin gente.
De mala sangre, malas morcillas.
Hacienda de pluma, poco dura.
A misa, no se va con prisa.
Cantando se van las penas.
Es más fácil, destruir que construir.
Cuando alguien tiene un vicio, o se caga en la puerta o se caga en el quicio.
Formó una tormenta en un vaso de agua.
Como el gazapo, que huyendo del perro dio en el lazo.
De una gota de un tintero ¡cuánto malo y cuánto bueno!.
El derecho de los pobres no es más que llanto
Después de que baile bien aunque sea fea.
El que quiere hacer algo busca un miedo; el que no quiere hacer nada busca una excusa.
En amores, los que huyen son vencedores.
Para hacer poco y malo no hace falta salir temprano.
Del mal, el menos.
Todo, no importa cuán finamente esté hilado, acaba finalmente saliendo a la luz
El ocioso vale para la plaza pero no para el trabajo.
Tanto tiempo en el campo y no conoces el matojo.
Sueños de hombre pobre, pedos de burra vieja.
No puede ser larga la felicidad del mentiroso o ladrón.
No hay albarda que le quede bien.
La fortuna es veleta, nunca se está quieta.
Madrastra, ni de cera ni de pasta.
Bueno por un huevo y ruin por dos, aléjemelo Dios.
La pereza es la madre de todos los vicios.
Caceta y pesqueta, mala chaqueta.
La fuerza vence, la razón convence.
Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.
La labranza no tiene acabanza.
La avaricia, lo mismo que la prodigalidad, reducen a un hombre al último mendrugo.
O bien no emprender nada, o bien asombrar a todo el mundo con cuanto emprende.
El que trabajando se hizo rico, vivió pobre y murió rico.