A grandes penas, pañuelos gigantes.
Dios perdona a quien su culpa llora.
Odia el pecado y compadece al pecador.
¡A la mierda! (Fernando Fernan Gomez).
Ruin señor, cría ruin servidor.
La envidia sigue al mérito, como la sombra al cuerpo.
Se ve la paja en el ojo ajeno y no se ve la viga en el propio.
El que es demasiado pequeño, siempre tiene un orgullo muy grande.
La mujer decente, sufre más que se divierte.
Tu desnudo y yo sin bragas, algo me hagas.
Buey sin cencerro, piérdese presto.
Confesión espontánea, indulgencia plena.
La avaricia rompe el saco.
No hay muerte más desastrada que la vida deshonrada.
Quien perdona pudiendo vengarse poco le falta para salvarse.
Buey que muge, todos le temen.
La envidia es una mala consejera.
El loco, por la pena es cuerdo.
Amor sin pudor, es todo menos amor.
Vicio es callar cuando se debe hablar.
Del desconsuelo al consuelo no va ni un pelo.
Quien para mear tiene prisa, acaba de mear en la camisa.
Hermosura sin talento, gallardía de jumento.
La pobreza no es un delito, pero es mejor no mostrarlo.
Nunca peca por estulto, quien sabe escurrir el bulto.
Desde que se hicieron las excusas nadie queda mal.
La venganza es repudiable, pero tiene algo agradable.
Está más entristecido, que mico recién cogido.
Rubias o morenas, cuando pierden el tinte, dan pena.
Cuando alguien tiene un vicio, o se caga en la puerta o se caga en el quicio.
El agraviado, nunca desmemoriado.
La miseria es como la tos, no se puede esconder.
Gusto secreto, no es gusto entero.
Desnudar un santo para vestir otro, es de bobos.
La maledicencia es una mala hierba que solo crece en los estercoleros.
Juventud licenciosa, vejez penosa.
Nobleza obliga.
Le tiene miedo como el diablo a la cruz.
Injuriada la paciencia, a veces en ira quiebra.
Intelecto apretado discurre que rabia.
De quien a la cara no mira, todo hombre discreto desconfía.
La muerte, al pobre no se atreve.
Vanidad exterior es indicio de pobreza interior.
La ignorancia es muy atrevida.
Burla pesada, en veras acaba.
Reunión de zorras, perdición de gallinas.
Humo y mala cara, sacan a la gente de casa.
Al desdén con el desdén.
Allí perdió la dueña su honor, donde habló mal y oyó peor.
La avaricia, lo mismo que la prodigalidad, reducen a un hombre al último mendrugo.