Abril, lluvias mil.
Es gente discreta, quien aguza el ojo con la lengua quieta.
Agua, poca, y jamón, hasta la boca.
Regla para bien vivir, callar después de ver y oir.
Febrero, cebadero.
Sábalo de mayo, calenturas para todo el año.
De día y con sol.
Eres de la ley del tordo, las patas flacas y el culo gordo.
Un grito a tiempo vale más que cien indios a caballo.
Cargos son cargas.
Hay cabalgadura que le viene grande su herradura.
Paciencia piojo que la noche es larga.
Buey viejo, no come tronco.
Las cosas se toman según de quien vengan.
Emplea palabras suaves y argumentos fuertes.
Casa sin hijos, higuera sin higos.
Parientes pobres y trastos viejos, pocos y lejos.
Lo imposible, en vano se pide.
Más claro, agua.
Quien más come y con más gana, no es quien paga la marrana.
A río revuelto, ganancia de pescadores.
Cuando fueres a la venta, la ventera sea tu parienta.
Hacer el agosto.
Los placeres por onzas y los males por arrobas.
Para un madrugador, uno que no duerma.
Por los Santos, la nieve en los campos.
Dichosos los tiestos que salen a la botija.
Con pedantes, ni un instante.
De lo bueno, el mundo debería estar lleno.
Para muestra basta un botón.
Gachas de almorta, el estómago confortan.
El que perdona un engaño, merece ir a un rebaño.
Bárbara reina, bárbaro gusto, bárbara obra, bárbaro gasto.
Moza gallega, nalgas y tetas.
Al que bien come y mejor bebe, la muerte no se le atreve.
Pan tierno y vino añejo dan la vida al viejo.
El buen labrador en el camino, no en el casino.
Dos capitanes hunden la nave.
Más feliz que marica con dos culos.
Papel, testigo fiel.
La ilusión del cazador, a una mentira otra mayor.
En la copa de San Elmo quiere atrapar pulpos de mar
Libros cerrados, no hacen letrados.
La carne sobre el hueso relumbra como un espejo.
Ofrecer el oro y el moro.
Vale más ser ralos que calvos.
Comer y sorber, no puede ser.
No busques en el amigo riqueza, ni nobleza, sino buena naturaleza.
Más discurre un hambriento que cien letrados.
Tan cabrón se es con un cuerno como con dos.